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BUSCANDO LA ESTRELLA
- Cuento
Por Jorge González Pérez (No
vidente, Presidente ONG Adulto Mayor Ciego
Baldomero Lillo)
El talabartero trabajaba con una canción
en los labios, agradecido de su buena estrella.
Establecerse en Coupvray, había sido
un acierto, porque su casa distaba a no
más de 10 Kms. de París y
era paso obligado de militares y aventureros
para adquirir el equipamiento personal y
el de las cabalgaduras.
La prosperidad abrió un nuevo cauce
con la llegada de un nuevo varoncito a la
familia. Aunque él soñaba
con una niña, el chico los conquistó
a todos con su simpatía. Se le bautizó
Luis, no por nostalgia de la monarquía,
sino por el dicho de los agricultores que
afirma que llueven Luises cuando llueve
en los campos, refiriéndose a la
valiosa moneda de plata.
- De ese modo –ironizaba el talabartero-
nunca faltaría un Luis en casa.
Apenas el chico empezó a caminar
se sintió atraído por el trabajo
de su padre y echaba a volar su imaginación
con las historias que él le inventaba
o le contaba a propósito de los artículos
que estaba fabricando. Así, arrullado
por la voz paterna, meciéndose en
su caballo balancín, emprendía
viajes fantásticos, ya por la ruta
del gigante de las botas de 7 leguas, ya
caracoleando por los caminos del gato con
botas.
De esas emocionantes aventuras despertaba
haciendo toda clase de averiguaciones a
fin de tratar con los numeroso personajes
imaginarios que le salían al paso.
Su padre le había regalado un monedero,
el cual mantenía repleto de piedrecitas
que eran las joyas con que suavizaba el
malhumor de los ogros o pagaban en las posadas.
Un día, en que un militar con muchas
medallas le pagó a sus padres una
fuerte suma de dinero por una completa y
elegante montura. El chico quiso saber cómo
y quién le había enseñado
a ganar tanto dinero.
- Hijo –le explicó el padre-
todos tenemos una estrella que nos guía
con su luz. La mía me señaló
que hiciera zapatos, botas, cinturones,
monturas… Todo cuero. Soy talabartero.
- ¿Qué son las estrellas?-
preguntó el pequeño.
- Las estrellas son esos puntitos luminosos
que se ven en el cielo por las noches. Todos
tenemos una estrella. La tuya tienes que
buscarla.
Desde aquella conversación, todas
las noches antes que el pequeño Luis
se metiera en la cama, padre e hijo, permanecían
juntos un momento en la ventana del segundo
piso de la casa, mirando las estrellas.
Aquel rito fue interrumpido bruscamente,
cuando el pequeño Luis se pinchó
accidentalmente un ojito con una lezna.
Cuesta describir el dolor de aquella familia,
cuando, pese a los cuidados médicos,
la infección arruinó los s
ojitos y el niño quedó irremediablemente
ciego. El rito de mirar al cielo para buscar
la estrella se convirtió en llanto
doloroso.
- ¿Ya nunca podré hallar
mi estrella? –preguntaba, llevándose
las manitas a los ojos sin vida.
- Sí que la encontrarás –lo
reconfortaba el padre- Si tú no la
ves, ella que te mira descubrirá
la manera de que tú la reconozcas.
El hijo del talabartero fue llevado a un
colegio para ciegos en París. Allí
se educó y muy joven se convirtió
en profesor de otros compañeros.
Cuando Luis tenía 16 años,
visitó el instituto para ciegos el
Sr. Barbier, un capitán de artillería
que deseaba comprobar las posibilidades
prácticas de un sistema de lectura
en la oscuridad de su invención.
El joven Luis se interesó porque
también estaba trabajando en una
idea semejante a fin de simplificar los
complejos sistemas de lectura utilizados
en la enseñanza de los ciegos. Las
conversaciones con el militar contribuyeron
a clarificar su pensamiento y muy pronto
consiguió darle forma a un alfabeto
práctico aplicable a las diversas
expresiones escritos. Se lo contó
a su padre, quien alabó su ingenio
y el sentido lógico con que iban
derivándose las letras.
El hijo del talabarero tenía ya 25
años, cuando asomado a la ventana
del segundo piso de la casa, volvió
a preguntarle a su padre por aquella estrella
que no podría ver ni reconocer.
- Eso que me has explicado del abecedario
con puntitos es tu estrella que bajo a tus
manos y esa estrella significará
la luz para todos los ciegos del mundo,
Luis Braille.
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